domingo, 11 de junio de 2017

Moira Amarelle

Esta semana he pensado en presentar a otro de mis personajes en el blog. El de hoy es uno de mis favoritos, se trata de Moira Amarelle la protagonista de mi novela "El libro de Sombras Amarelle". Moira es un personaje que me gusta especialmente porque es una mujer fuerte en un mundo bastante complicado. La historia de hoy no tiene que ver nada con la novela, de hecho, el trozo que hoy escribo es un poco triste. Para poneros en antecedentes, Moira es huérfana, vive en un pequeño pueblo con una familia que la ha adoptado y es una poderosa bruja. Una antepasada predijo que el día que cumpliera dieciocho años sería el día de su muerte y de eso va la novela. Del último mes de vida de Moira, pero no termina mal porque la idea de la novela es que a veces la muerte es sólo el principio de algo diferente. La novela es de fantasía así que hay elfos, vampiros y brujas. Otro día me gustaría presentaros a mi malo, maloso Primus Octavius un soldado del rey Tarquino el Viejo de la Antigua Roma. Sin embargo hoy el día es de Moira Amarelle.

MOIRA AMARELLE
Moira observó a su alrededor, era un día de Primavera y el sol alumbraba en el cielo, lo que la molestaba bastante. ¿Cómo se atrevía el sol a brillar tanto cuándo había perdido lo más importante de su vida?
Una mirada a su alrededor le mostró que se encontraba en el peor lugar del mundo, un cementerio no era un sitio al que le gustara ir. La primera vez que había visitado uno fue con la muerte de su abuela, poco después la de su abuelo, años después la de su madre, después la de su tío y finalmente su padre. 
Estaba sola en el mundo, sola del todo no. Sabía que había otros Amarelle fuera del pueblo, su propia prima vivía con su madre en otro lugar y sabía que su tía aceptaría de buen grado acoger a Moira en la casa que había construído tras el divorcio con su tío. Sin embargo no era el lugar en el que debía estar Moira, siempre debía quedar un Amarelle en el pueblo para que el mal no lo acechara. Poco importaba que la responsable de la seguridad de todos sus habitantes fuera en ese momento Moira, con sólo catorce años debía mantener la magia de toda la familia. No es que fuera a volver alguno de sus tíos o sus primos. Todos habían jurado no regresar jamás al lugar que los había mantenido vivos, ninguno quería la responsabilidad. Eran perfectamente conscientes que hacerse cargo de la magia Amarelle drenaba su vida considerablemente, ningún líder del clan había durado más de 40 años, en cuanto recibían la magia su vida se drenaba unos treinta o cuarenta años. 
No ayudaba tampoco saber que ella misma ni siquiera alcanzaría los veinte. Con dieciocho años, quisiera o no, iba a morir. Así lo predijo la última de los Amarelle con poderes de adivinación.
La realidad es que comprendía la razón, Moira era perfectamente consciente del enorme poder que tenía y que ella debía acabar con la próxima amenaza que caería sobre el pueblo. Sentía la magia en cada porción de su cuerpo, la envolvía de una manera extraordinaria. Su tío le había dicho en una ocasión que era la Amarelle más poderosa de todos, con un poder que superaba la fuerza combinada de su madre y su tío juntos.
El cementerio estaba lleno de gente, muchos habían ido a presentar sus respetos a su padre, pero otros sólo querían ver a la pequeña huérfana de catorce años que era todo el legado que quedaba de la familia más antigua del pueblo. Algunos tenían intención de tratar de robarle la panadería, la casa de su tío, no hacía falta ser adivina para verlo. Se abrazó a sí misma, hasta que sintió una mano sujetando la suya por un lado, por el otro lado otra mano y detrás de su cintura dos manos más. Se sintió reconfortada con todas esas manos, eran de sus amigos Santi, Rocío, Pablo y Malena, los hijos de Mauricio y Anabel que trababajan en la panadería de su familia hasta que ellos murieron y quienes se habían hecho cargo de la misma hasta que la propia Moira fuera mayor de edad para ocuparse de ella. Los cuatro eran los más cercano que tenía a una familia, Santi era dos años menor que ella, Rocío tres años mayor, Malena de su misma edad y Pablo cuatro años mayor. No, no estaba sola del todo. Ellos eran su familia, Mauricio y Anabel habían iniciado los trámites para adoptarla y hacerse cargo de su crianza mientras ella no pudiera valerse por sí misma.
No se había atrevido a decirle a su familia de acogida que por mucho que se hicieran cargo de ella su vida duraría sólo cuatro años más. Había una sentencia de muerte sobre su cabeza y Moira no sabía muy bien cómo sentirse al respecto.
Al terminar el funeral Tanis y Cecilia se aproximaron a Moira. La abrazaron con ternura, Cecilia la invitó a comer en su casa el próximo fin de semana y Tanis besó su frente con ternura. Tanis y Cecilia eran sus dos personas favoritas del pueblo y también de las más mayores. Los dos superaban los setenta años y siempre tenían una palabra amable para Moira.
Cuando todo el mundo dejó el cementerio se quedó frente a la tumba de su padre con las manos de sus amigos todavía rodeándola. Santi, Malena, Rocío y Pablo no hablaban, realmente no necesitaban hacerlo. Ella sabía que podía contar con ellos de forma incondicional.Detrás de ellos estaban Mauricio y Anabel, los seis eran su nueva familia. Se agachó frente a la tumba de su padre, lanzó una bendición a su alma, besó por última vez el nombre inscrito y después se giró.
-Ya podemos irnos.-Informó.
-No tenemos prisa, cariño.-Dijo Anabel con ternura.
-¡Es tan injusto!-Se quejó y sintió cómo la mano de Santi apretaba con más fuerza la suya.
-Lo es, cariño.-Anabel acarició la cabeza de Moira y besó su frente.
-No estás sola.-Mauricio se acercó a Moira y le sonrió.-Nunca estarás sola, pequeña, nosotros cuidaremos de ti.
-Te quiero, Momo.-Pablo se separó de detrás de Moira y la abrazó con fuerza mientras sus hermanos la liberaban de sus rspectivos agarres.
-Te quiero, Momo.-Aseguró Malena y la abrazó, de la misma que había hecho su hermano mayor.
-Te quiero, Momo.-Rocío se colocó frente a Moira y la abrazó.-Estoy aquí para lo que necesites.
-Puedes contar conmigo siempre, Momo. Yo te cuidaré.-Prometió Santi, quien a pesar de ser el más pequeño de todos los hermanos era también el más decidido.-Te quiero, Momo.
-Os quiero.-Afirmó ella y observó a su nueva familia.-Gracias.
-Te queremos, cariño, y cuidaremos de ti.-Anabel miró a sus hijos, a su marido a Moira.-Haré sopa de pollo cuando lleguemos a casa, seguro que te sienta bien.
-Yo te ayudaré.-Se ofreció Santi y Moira sonrió a su amigo. Había visto su futuro y era magnífico. Su mejor amigo salvaría muchas vidas porque iba a ser un Médico extraordinario. 
Tras la muerte de su tío había empezado a tener visiones de su nueva familia, no se podían considerar premoniciones porque ningún Amarelle tenía el don de la Premonición desde Antía Amarelle, pero a veces podían ver fragmentos del futuro de personas con las que estaban emocionalmente unidas. No eran grandes visiones, tan sólo ideas, pequeños matices y sombras. Las últimas habían sido sobre Santi y su prometedor futuro. Iba a hacer cosas extraordinarias y ella lamentaba no poder ser testigo de las mismas porque cuando Santi alcanzara todos su potencial ella ya estaría bajo tierra, caminando en las Tierras de los Amarelle del otro lado.
También había visto el futuro de Malena, su amiga iba a ser una reconocida escritora. 
Los futuros de Pablo y Rocío todavía no habían sido desvelados ante sus ojos, pero Moira estaba convencida que, como sus hermanos, sus futuros iban a ser brillantes, cargados de luz y de amor. Lo serían porque ella iba a utilizar parte de su poder para protegerlos. Era lo mínimo que podía hacer por aquellos que la querían sin segundas intenciones, sólo por ser Moira Amarelle.
Moira observó una última vez la tumba de su padre, después sintió las manos de Santi y Malena en las suyas y los siguió al exterior. El sol seguía brillando en el cielo y Moira realmente deseaba que el camino de su padre hasta las antiguas tierras Amarelle fuera breve y venturoso.
FIN 
Sé que este fragmento es algo triste, pero desde que escribí la novela siempre he pensado en el momento en que Moira se quedaba sóla en el mundo, a cargo de Mauricio y Anabel cuando el único remanente de su familia se moría, además tenía la necesidad de escribir sobre esta familia que en la novela apoya a Moira en el proceso. Malena, Rocío y Pablo no aparecen en la historia, pero Santi sí. Por alguna razón este personaje me gusta mucho.
Nos vemos en el próximo Tejedora e Hilandera, si os gusta mi breve relato compartidlo en vuestras redes sociales a ver si un cazatalentos literario lo lee y siente curiosidad por la historia de Moira Amarelle que incluye elfos, vampiros y brujas.  :)

viernes, 26 de mayo de 2017

Un relato sobre un personaje de mi novela negra

Hace algún tiempo empecé mi primera novela negra y las primeras páginas incluso las publiqué en este blog. Sin embargo llegó un momento en el cual sufrí el bloqueo del escritor. La principal razón es probablemente porque a lo largo de los capítulos de la novela he escrito escenas bastante sórdidas y me costaba aceptarlas. No porque no me sienta orgullosa, todo lo contrario me siento muy orgullosa de lo que he escrito, sino porque no sabía muy bien de dónde me salían esas ideas. Mis personajes en la novela son imperfectos, la mayoría son asesinos o gente de honestidad cuestionable. Hace un par de semanas de pronto escribí una escena en la que apareció por primera vez Miguel Garrido. Él es un misógino, asesino de mujeres, violento, un tipo de lo más amigable como imagináis. El caso es que una vez apareció el personaje me recuperé de mi bloqueo y empecé a escribir. De hecho he pasado de tener sólo 50 páginas a 110, lo que dice lo mucho que he trabajado estas dos semanas. Debo explicar mi sistema de escritura en este punto, normalmente cuando escribo una historia sé exactamente dónde empieza, dónde acaba y el camino que deben seguir los personajes. Sin embargo mis personajes son netamente egoístas y se desvían por lugares con los que no contaba. Yo trato de enderezarlos pero, para bien o para mal, ellos ya tienen su propio plan de actuación. Miguel, como todos, venía con un guión de fábrica que no respetó y, al final, consiguió quitar el bloqueo del escritor  y por esa razón merece su propio espacio en este blog literario a pesar de ser un maltratador, misógino y asesino de mujeres. 
La escena que escribo a continuación no forma parte de la novela y advierto que contiene violencia, insultos a la mujer y todo lo que se espera de un asesino de mujeres. Miguel Garrido no es un santo, sino un demonio muy perverso.

MIGUEL GARRIDO
Llegó a la casa de su padrino cansado de un largo día. En su casa la estúpida de su mujer no había sido capaz de hacer una cena decente, así que le había tenido que enseñar un par de cosas y a los imbéciles de sus hijos también por haber tratado de proteger a su madre. 
Las mujeres eran todas estúpidas y débiles, merecían aprender sus lecciones de un hombre como se debía ser. Alguien a quien no le importaba mostrar la fuerza con el sexo débil.
Entró en el horno de la casa, abrió la puerta y movió los restos que quedaban de la última a la que había enseñado una lección. Juliet Neal, una mujer a la que había conocido en el gimnasio y que era una puta. Iba al gimnasio, un espacio de hombres, mostrando su cuerpo, paseándose medio desnuda y haciendo que muchos hombres débiles se giraran para observarla. Lo peor de todo es que llevaba una alianza en su dedo, lo cual mostraba el tipo de zorra que podía ser porque estaba casada y aún así se paseaba medio desnuda por un lugar lleno de otros hombres. Lo enervaba pensar en ella, por fortuna ya no volvería a molestar a nadie.
Matarla había sido una tarea sencilla, en realidad no tenía fuerza para luchar contra él porque era pequeña y ridículamente débil. Intentó jugar la baza de los hijos, pero Miguel estaba convencido de que sus hijos estaban mejor sin una madre furcia. Retiró las cenizas y los trozos minúsculos de huesos que quedaban de la puta y los llevó al jardín de la casa donde la usó como abono de los árboles frutales. 
Miguel se sentía afortunado por tener este espacio propio. El pueblo en el que su padrino se había criado estaba ahora abandonado, la única casa que se mantenía en pie era la suya y eso era bueno para la importante labor de Miguel de eliminar del mundo al mayor número posible de débiles putas.
Con la tarea hecha regresó a la casa, olía a cerdo quemado y por eso no podía traer a su próxima lección durante al menos una semana. Era una lástima porque ya había localizado a la mujer que merecía una lección.
Se llamaba Alberta y asistía semanalmente a hacer la compra al supermercado. Era una mujer alta, tenía músculos y no le importaba poner camisetas que marcaran su pecho y sus bíceps. Era una estúpida si creía que por tener músculos iba a poder defenderse. 
Todas las mujeres eran estúpidas, débiles y merecían morir.
Su propia madre había muerto por ser demasiado débil, su padre le había enseñado una lección cuándo estaba embarazada y tanto ella como el hermano que iba a tener murieron desangrados. 
Unos gilipollas fueron a buscar a su padre y el inútil acabó en la cárcel, con lo cual tuvo que irse a vivir con la inepta de su abuela. Una débil mujer que no sabía cómo tratar a un hombre como era él, pero de quien aprendió una lección valiosa. Las mujeres son útiles si saben hacer la comida y limpiar la casa para que esté impoluta. Fuera de eso, basura, pura mierda.
Fue hacia la ducha de la casa, tras echarse jabón para quitarse el olor a cerdo quemado se marchó cerrando la puerta hasta la semana siguiente cuando Alberta aprendiera a no tener músculos.
FIN

Sí, lo sé, es un cabrón. (Perdón por la palabra malsonante, pero es obvio con qué tipo de persona estamos tratando). No es el único de mi libro y es uno de mis favoritos tras Aiden Sánchez el asesino de las flores, mi protagonista, y la viuda negra con la que estoy trabajando estos días.
La escena es sórdida, pero las he escrito más duras en esta novela. Si os animáis a dar vuestra opinión os invito para ver mi capacidad para crear personajes malos.
Hasta el próximo Tejedora e Hilandera de sueños ;)

martes, 16 de mayo de 2017

Un cuento contra el acoso y a favor de las diferencias

Hoy en "Tejedora e hilandera de sueños" quiero compartir un breve cuento escrito para hablar de las diferencias entre las personas y la necesidad de que no haya tanta discriminación por ser diferente.

EL PATITO AMARILLO

Había una vez un Patito, tenía las plumas amarillas, las patas y el pico naranja como los demás patitos del estanque. Sin embargo este Patito no era como los demás. Le gustaba nadar hacia atrás, hablar bajito y jugar con los cisnecitos y ranitas del estanque. Sus padres se dieron cuenta que su hijo era diferente a los demás, tenía más curiosidad y era menos miedoso que sus compañeros patitos. Le gustaba mirar las estrelas del cielo por la noche y obervar a los humanos que paseaban por el parque.
Los demás patitos no lo comprendían y se metían con él, le decían "Eres un patito como nosotros, pero te comportas como si tuvieras las plumas encarnadas" y el Patito se sentía triste y solo. 
Había días en que deseaba ser como toods los demás, nadar hacia adelante, hablar alto y dormir en lugar de mirar las estrellas en el cielo. Él no comprendía que ser un Patito poco convencional no era malo.
Un día cansado de jugar solo decidió compotarse como los demás patitos; empezó a hablar alto, dejó de mirar las estrellas del cielo y empezó a nadar hacia adelante. Pronto los demás patitos amarillos empezaron a jugar con él, se reían de sus bromas e incluso lo invitaban a sus casas porque ya era uno más de ellos. Sin embargo el Patito se seguía sintiendo solo, incluso jugando con todos los demás patitos del estanque. Tener amigos patitos era divertido, pero echaba de menos las bromas de las ranitas y los chistes de los cisnecitos.
Durante algún tiempo el patito jugó a disfrazarse, fingir ser como todos los demás era más fácil que ser él mismo. 
Un día una nueva familia de patos se trasladó al estanque. Los adultos tenían las plumas del color de sus padres y los patitos pequeños las tenían amarillas, el pico y las patas naranajas. Eran como todos los demás patos, pero a esta nueva familia le gustaba nadar hacia atrás, hablar bajito y jugar con las ranitas y los cisnecitos. Por las noches miraban a las estrellas y se reían con los cisnecitos y las ranitas. Los patos y patitos del estanque se hicieron amigos de la nueva familia, a pesar de que eran diferentes a ellos mismos y el Patito no comprendía la razón.¿Por qué con los nuevos patos eran tan amigables cuando a él lo trataron tan mal por ser diferente?
Un día el Patito estaba nadando hacia adelante y el papá pato de la nueva familia fue a hablar con él. 
El pato adulto invitó al Patito a nadar hacia atrás con su familia y a mirar las estrellas por la noche. El Patito no entendía la razón y le preguntó al papá pato porque lo invitaba a nadar con ellos. El papá pato le explicó que los cisnecitos y las ranitas le habían hablado de su amigo el Patito que nadaba hacia atrás, miraba las estrellas y contaba los chistes más divertidos de todos. El Patito se sorprendió de que sus amigos ranitas y cisnecitos hablasen de él y se preocupasen cuando ya no era el de siempre. Llevaba tiempo sin escuchar sus chistes y sus cuentos, demasiado ocupado jugando a ser un patito más como todos los demás.
Entonces el papá pato le explicó que ser diferente no era malo porque cada pato era diferente a pesar de sus plumas, su pico y sus patas. También le dijo que ser distinto por fuera no era malo porque los cisnecitos y las ranitas eran sus amigos a pesar de su exterior porque tenían el mismo corazón.
El Patito se sorprendió porque él siempre había considerado que ser un pato poco convencional no era bueno, pero entonces el papá pato la explicó que ser poco convencional también significaba ser extraordinario, único en esencia.
Así que el Patito escuchó las sabias palabras del papá pato y decidió volver a nadar hacia atrás, mirar las estrellas del cielo por las noches, hablar bajito y retomar su relación con sus viejos amigos las ranitas y los cisnecitos.
Y un día descubrió que era feliz porque tenía amigos de verdad, que no se fijaban en sus plumas amarillas, sino en el corazón que había debajo.
FIN

Este pequeño texto es para reivindicar la singularidad de cada persona que hay en el mundo y me gustaría que llegara a todas las personas que se sientan especiales por criticar a aquellos que son diferentes por raza, educación o sexualidad y también como un grito desgarrado contra todos los casos de acoso que hay en los colegios. Considero que todos los niños deberían leer esta pequeña historia para comprender la importancia de sentirse orgullosos de sí mismos, sin importar el ruido que hagan los demás. Si como yo pensáis que la singularidad no debería ser criticada os animo a compartir el blog en todas vuestras redes sociales para que el mensaje llegue a todo el mundo que quiera escucharlo.
Hasta el próximo Tejedora :)


miércoles, 3 de mayo de 2017

Un breve relato de Amor

Hoy en "Tejedora e hilandera de sueños" un breve relato sobre un amor que va más allá del tiempo. Esta es una idea con la que ya jugué en "La Noche de San Juan" uno de mis manuscritos favoritos. 

 AMOR

Se pasó buena parte de la noche leyendo relatos breves de amor, era su pasatiempo favorito desde que había roto con su último novio, Pedro. Era una romántica empedernidad y ya que no tenía el amor le gustaba leer historias sobre él. Ella achacaba la culpa a las películas de Disney que había devorado de pequeña y a la lectura de románticos como Bécquer, Larra, Keats o Lord Byron. Tras leer la última historia decidió cerrar el libro era demasiado dulce, incluso para ella. 
Al día siguiente tendría que madrugar para trabajar en la panadería y seguramente el pasar tantas horas leyendo antes de dormir le iba a acabar pasando factura. El sueño la cogió rápido y se dejó trasladar al mundo de Morfeo con una sonrisa llena de posibilidades, normalmente sus sueños eran muy vívidos, llenos de color, música y animales parlantes. 
El de esa noche, no obstante, fue diferente, demasiado realista para lo que acostumbraba a soñar.
Empezaba con ella en una fiesta con sus mejores amigos, era la verbena del pueblo en la que todos participaban. Ella caminaba por el lugar con una sonrisa en sus labios y una botella de cerveza en sus manos. A lo largo de su camino sus amigos se iban yendo a diferntes lugares para liarse con sus parejas o para consumir cantidades ingentes de alcohol. Ella escuchaba la música feliz, daba pasos de baile sin ser demasiado evidente, estaba relajada, sonriendo. El mundo de su sueño era perfectamente normal. La música la típica de las verbenas, la gente vestida con vaqueros y camisetas, nada de colores llamativos o vestidos imposibles de imaginar como solían ser los de sus sueños. Quizás por eso pensó que no se trataba de un sueño en absoluto hasta que lo vio a él. Un chico que no encajaba en el ambiente de la verbena, alguien que no pertenecía al pueblo, ni vivía allí. Sus ojos de un incierto color miel-avellana, el pelo castaño claro un poco largo y hoyuelos en su mejilla. Era Julio un chico que había conocido en el trabajo que había cogido a tiempo parcial mientras estudiaba en la Universidad. Ella siempre había estado un poco enamorada de él, le gustaba su forma de ser, lo admiraba por su inteligencia y el extraño humor que tenía. Se habían hecho amigos pronto, pero tenía novia y ella no se entrometió entre ellos. Se conformaba con mirarlo desde lejos, ser su amiga, amigos estaba bien, no necesitaba nada más. 
  -Tú no perteneces aquí. - Le decía en su sueño.-Vives en otro lugar y no en mi pequeño pueblo. Debes marcharte a perseguir tu sueño de ser banquero en la gran ciudad.
  -He venido a por ti, María. -Afirmaba la figura de Julio y la besaba. Fue un momento mágico, se sintió real e hizo que su interior se agitara con mariposas en el estómago y, justo entonces, se despertó en su cama con el corazón latiendo en el pecho frenéticamente. Superada por la emoción del sueño, del beso, se echó a llorar. Consciente de que sólo había sido un sueño sobre un anhelo que la había perseguido duranto años. Ella se había enamorado de él como una estúpida y, en un loco arrebato, incluso llegó a pensar que se trataba del amor de su vida. Se sentía ridícula cada vez que pensaba en el pasado, era avergonzante. Sin embargo a pesar de ello siguió llorando porque el sueño se había sentido tan real que creía poder tocarlo.
   A veces se preguntaba cuánto tiempo podía durar un corazón roto recordando algo que no fue. Se culpó a sí misma por tener sueños absurdos y fuera de lugar. Se maldecía porque los ojos que aparecían en sus sueños eran miel-avellana y no verdes como los de Pedro.
  Decidida a no perder un minuto más dando vueltas a su "Y si" se echó de nuevo en la almohada, mojada todavía con las lágrimas derramadas, y volvió a dormir. Por fortuna para ella el nuevo sueño tenía colores llamativos, música y no parecía real.
  Al día siguiente cuando sonó su despertador deseó, seriamente, tirarlo por la ventana. Sin embargo se levantó de la cama, fue a ducharse, desayunó y partió a su trabajo en la panadería donde ejercía como dependiente y contable.
 Su jefa la recibió con una sonrisa y ella se sintió en el hogar. Echaba de menos la ciudad, el ambiente, pero ese era su lugar. El pequeño pueblo en el que nadie podría aplastar sus sueños y esperanzas de futuro. 
 Al terminar su jornada laboral se fue de cañas con su mejor amiga para hablar de su día y organizar la despedida de soltera de otra de las amigas de la infancia. Por suerte era viernes y el sábado sólo trabajaba por la mañana. 
 Entró en su casa, colgó las llaves en el mueble de la ventana, se desvistió y se tumbó en la cama con intención de tener otro de sus locos sueños de colores y animales que hablaban. Ese no fue el sueño que tuvo, sin embargo.
  Todo empezaba en un lugar desconocido, había una mujer joven en él, no se parecía en nada a ella y, a pesar de ello, supo sin ningún tipo de duda que era ella. La joven vestía una túnica ceremonial y bailaba con un muchacho alrededor de un monumento que nunca había visto. Observó al chico con ojo crítico, no se parecía en nada a él, pero de algún modo lo identifico como Julio sin llegar a comprender por qué razón. Se despertó un poco después, desorientada, no recordaba dónde se encontraba y porque no estaba bailando con el chico de sus sueños alrededor de un monumento. Hasta que se dio cuenta de que había sido otro sueño.
Miró el reloj, las tres de la mañana, todavía le quedaban tres horas antes de levantrse y volvió a meterse en la cama preguntándose a dónde habían ido sus sueños de colores  y por qué los de ahora parecían tan reales que le daban miedo.
 Se despertó al día siguiente, caminó al trabajo cansada y supo que ese día le iba a resultar pesado porque estaba agotada tras pasar dos noches sin dormir propiamente. Aunque al final la mañana no fue tediosa, hacía buen día y todos los vecinos del pueblo pasaron por la panadería para coger pan e ir de picnic a la playa, con lo que no tuvo un instante para sentirse agotada o aburrida. Al cerrar la panadería decidió seguir el ejemplo de sus vecinos y bajar de picnic a la playa.
 En su pequeño pueblo el buen tiempo era un fenómeno extraño que debían aprovechar mientras tenían la oportunidad y, por eso, los días que el sol salía todos se animaban y ella, contagiada por el ánimo de los demás optó por hacer eso exactamente. Llegó a su casa, preparó su bolsa de la playa con el libro que estaba leyendo, el móvil, los cascos, una botella de agua y un bocadillo. 
 Era temprano cuando llegó pero ya estaba llena hasta la bandera de gente del pueblo. Encontró un sitio alejado y caminó hacia él, parándose a saludar a todos los vecinos y conocidos que veía en el trayecto. Al llegar a su rincón alejado dejó su mochila y se dedicó a contemplar como la luz del sol incidía en el agua, dándole un hermoso tono turquesa que no envidiaba, para nada, ninguna de las playas caribeñas que veía en la televisión. Finalmente abrió la mochila, cogió la toalla, el bocadillo y se sentó a disfrutar de su comida mientras regalaba sonrisas anhelantes al agua que, sin duda, estaría helada. Tras devorar su comida se tumbó en la toalla, encendió la música en su teléfono móvil, se puso los cascos y cerró los ojos.
El sueño la alcanzó rápido porque llevaba dos noches sin dormir. Empezó, como todos los anteriores, en una escena demasiado real. 
Había una pareja mirándose a los ojos mientras el sol se ocultaba en el horizonte. Anheló ese instante porque reconoció a los protagonistas, nuevamente ella y Julio. El aspecto de Julio era rubio, ojos azules y no demasiado alto, ella pelirroja, de ojos verdes con pecas y menuda. La mirada de los dos lo expresaba todo, sin necesidad de palabras.
 Se despertó de golpe y contempló la playa. Las lágrimas acudieron a sus ojos sin que las pudiera detener anhelando, una vez más, algo que no tuvo, que nunca tendría. Dio un sorbo largo al agua y fue a bañarse, tal vez el agua fría despejaría sus ideas.
 Al anochecer regresó a su casa, a pesar del molest sueño tuvo un buen día en la playa y decidió que si al día siguiente hacía buen tiempo regresaría. El mar tenía esa maravillosa capacidad de recargar sus baterías aunque estuviera agotada. 
 Esa noche tuvo un colorido sueño con perros parlantes y lo que parecía una versión propia de Narnia. 
 El sol matilan se coló por su persiana medio abierta. Decida a no perder el tiempo desayunó rápido, preparó dos bocadillos, algo de fruta y dos botellas de agua para bajar a la playa. Al ser una hora temprana no había nadie y pudo escoger su sitio favorito en la playa. Depositó sus cosas, caminó hacia la orilla y paseó mientras observaba las gaviotas. Tras un paseo largo se bañó, después regresó a su toalla, se sentó a tomar un poco de fruta, un bocadilllo y contempló como la gente iba llegando a la playa. La gente la saludaba animada mientras encontraba un sitio donde colocarse y ella se sintió realmente animada. Cerró los ojos, dejándose llevar al mundo de Morfeo por el murmullo del mar.
El sueño empezó en cuanto cerró sus ojos. Se gritó a si mimsa para despertar porque no deseaba soñar con la pareja, pero no lo logró. Nuevamente los vio con un aspecto diferente y una época histórica distinta. Este sueño fue más angustioso que los anteriores porque se trataba de una despedida. El chico partía a la guerra y la chica prometió esperarlo. "Volveré", prometió él, pero no regresó.
Se despertó anegada en lágrimas una vez más. 
Por la pareja que seguía ocupando sus sueños y que nunca parecía tener un final feliz, sino corazones rotos una y otra vez como si de una maldición se tratara.
Fue hacia el agua, se bañó y dejó que el mar borrara el recuerdo de su sueño mientras se mecía en sus olas suavemente. Al atardecer fue a su casa, cenó una ensalada y se echó a dormir, rezando para que esos sueños dejaran de importunarla. Esa noche tuvo suerte, soñó con la película que había visto antes de acostarse.
 Al sonido del despertador se incorporó, se duchó de buen humor y fue hacia el trabajo tarareando una de sus canciones favoritas. Al salir de su jornada quedó para tomar unas cañas con varios de sus amigos y se sintió muy optimista. La semana prometía ser buena si el lunes empezaba así de bien.
Volvió a su casa, puso la televisión y vio una serie en la que el protagonista se declaraba al amor de su vida con una frase que deseó que alguien le dijera "Como si en cada vida que tú y yo vivimos, hubiéramos elegido volver, encontrarnos uno al otro y enamorarnos una y otra vez por toda la eternidad". Realmente la frase le tocó el corazón y cuando se acostó lo hizo con una sonrisa pensando en ese diálogo tan precioso y preguntándose si ella sería tan afortunada de encontrar a alguien como el protagonista de la serie.
Esta vez el sueño no la pilló desprevenida y ni siquiera decidió luchar contra él, estaba harta de intentarlo así que decidió dejarlo ir. La pareja, nuevamente, otra época histórica, un ambiente diferente y como siempre una mirada enamorada. Honestamente tuvo ganas de pegarles. Se miraban con una sonrisa tan grande que no podía ser real, era demasiado abierta, demasiado perfecta y la perfección no existía. Sinceramente, estaba hasta las narices de ellos, les deseaba un final horrible y doloroso. Sin embargo en el momento en que ese pensamiento cruzó su mente el sueño cambió. La chica la miró y dijo exactamente las mismas palabras que el protagonista de la serie que había visto esa noche. 
Despertó de golpe, pero sin angustia en esta ocasión. Había comprendido que sus sueños eran sólo reflejo de un anhelo de encontrar a alguien, de enamorarse de nuevo. 
Ese fue el último día que soñó con ellos. Sus sueños volvieron a ser en tecnicolor, propios de los mundos de Tolkien y CS Lewis. 
Los olvidó hasta que, cinco años después, se volvió a encontrar con Julio y se intercabiaron los teléfonos nuevamente. Tras un año de relación como amigos ella le habló de los extraños sueños de la pareja, aunque omitiendo la información de que siempre eran ellos dos en el sueño. 
Y no pudo estar más sorprendida cuando él la besó y le dijo, "Lo sé, somos nosotros".
FIN
 
Y hasta aquí mi breve relato de amor. Reconozco que la frase de la serie realmente no es mía sino de Glee, aunque reconozco que la primera vez que la oí deseé haberla escrito yo porque me encanta. El resto de la historia es mía, los personajes no son reales, no existen, pero tras escuchar esa frase en Glee se me ocurrió volver a tocar un tema de forma breve porque, de eso precisamente, va mi manuscrito de "La noche de San Juan" de una pareja maldita que se encuentran en sus diferentes vidas y todas ellas acaban con corazones rotos. 
Hasta el próximo "Tejedora e hilandera de sueños", si os gusta esta breve historia os pido que la compartáis en vuestras redes sociales para que llegue a más gente.   :)
 

martes, 18 de abril de 2017

Hoy en "Tejedora e Hilandera" publico un breve relato sobre los encuentros casuales y los lugares especiales que puede haber en nuestra vida. Espacios en los que nos sentimos nosotros mismos y que siempre logran arrancar una sonrisa en los malos días.
 
Un encuentro 
Todo ocurrió una mañana del mes de octubre. El día que la vida de Héctor dio un giro inexpicable y lo conviritió en una persona diferente. Solía pensar que todo ocurría por algo, por ello nunca le daba demasiadas vueltas a las cosas que pasaban, fueran buenas o malas. Había aprendido en su niñez que las cosas generalmente ocurren, no creía en la mala suerte y, por eso, cuando erraba en una decisión, cuando inexpicablemente acababa metido en problemas o cuando la vida le ponía trabas se limitaba a seguir adelante, sin pensarlo. Era una buena manera de actuar porque a causa de eso nunca le daba demasaidas vueltas a la cabeza. Vivía día a día, sin preocuparse por el día siuiente o el de después. 
Hasta esa mañana de octubre en la que todo cambió.
Como todas las mañananas a las siete de la mañana salió a pasear por el parque. Era una hora temprana y casi nunca se encontraba a nadie en su recorrido matutino. Hizo los tres kilométros habituales hasta su cafetería favorita. Como todos los días entró en ella para pedir un café y churros. A esa hora el lugar sólo tenía a los clientes habituales y los saludó como todas las mañanas de excelente humor. El paseo lo había reanimado y estaba listo para enfrentarse a su día.
Ricardo el camarero habitual se acercó a él y le ofreció una porra  mientras preparaba el café y los churros. Héctor le agradeció el gesto y se sentó frente a él para charlar.
Esa era la única cafetería de su barrio que servía un café como Dios mandaba, con la justa cantidad de café y la perfecta temperatura de la leche, ni demasiado frío ni demasiado caliente. Los churros también estaban hechos a la manera que Héctor prefería. Con la justa cantidad de aceite y azúcar, que le recordaba a los churros que preparaba su abuela cuando era pequeño.
El ambiente también era idóneo. Los clientes siempre eran los mismos, se tuteaba con todos y, de vez en cuando, particpaba en las competicioens de Mus del lugar.
Ese bar era su templo.
Todo era predecible y eso era una de las cosas que más gustaba a Hector. No había lugar a improvisación y siempre estaba todo en perfecto orden.
A las siete y cuarto entraba Maneul para tomar el primer café del día antes de ir a su trabajo. A las siete y veinte, puntual como un reloj, Marina pedía su desayuno de tostada de aceite y tomate. A las ocho eran Marta y Elías quienes acudían para celebrar que continuaban juntos y felices tras cuarenta años de matrimonio. A las ocho y cuarto Andrés animaba a todos contando chistes divertidos y pícaras historias para quienes quisieran escucharlas. A las ocho y media él pagaba la cuenta, se despedía de sus colegas del bar y marchaba  a su trabajo.
Héctor se sentía bien en ese lugar porque se había criado en un pequeño puablo de trescientos habitantes en el que todos se conocían por el nombre de pila.
Héctor había ido a la ciudad para estudiar y había encontrado un trabajo al terminar la carrera. El barrio lo había conodido el primer día que comenzó en su trabajo como periodista. Había tenido suerte y tras las prácticas iniciales un trabajador se jubiló dejando una vacante que fue ocupada por Héctor. Allí se enamoró de una compañera con la que tuvo una relación hasta que ella lo dejó acusándolo de prestar más atención al trabajo que a ella. Visto con perspectiva eso había sido lo que había ocurrido. Al lograr su primer empleo tras la jubilación del anterior se dedicó a trabajar horas extra para demostrar que era merecedor de esa oportunidad.
Los cuatro primeros años Héctor vivió en un barrio que estaba a una hora y media de distancia del periódico, pero un día vio un cartel de "se alquila" en un edificio antiguo y fue a preguntar el precio  para ver si se podía instalar en él. El precio era justo y le permitía pagar el alquiler, la comida, agua, calefacción y salir de vez en cuando con sus amigos. La mayoría de los vecinos eran personas mayores y pronto se sintió cómodo en el lugar. Si Héctor tenía algo era una increíbles capacidad de empatizar con la gente, así que pronto se hizo amigo de todos los vecinos. Los ayudaba si necesitaban ayuda y les pedía sal y azúcar si se quedaba sin él.
Al final del primer año de alquiler el nieto de la dueña le ofreció la oportunidad de comprar el apartamento y Héctor decidió hacerlo.
Era bueno con las reformas y cuándo entró en posesión del lugar empezó a hacer todas las chapuzas necesarias para convertirlo en un lugar habitable. Tenía conocimientos de carpintería, albañinería y electricidad porque había trabajado como peón de obra para poder ahorrar dinero para la universidad.
Tras dos años el lugar era perfecto, adaptado a él y sus necesidades.
 Un refugio que era suyo.
Le costaba pensar en su vida antes de habitar en la ciudad. Echaba de menos su casa, su familia, pero su lugar era aquel. Ahí se sentía libre y no le molestaba perderse entre la multitud y fijarse en la gente en sus paseos. Ya llevaba siete años trabajando en el periódico, en ese teimpo había madurado y se sentía a gusto en su propia piel, aunque al principio no había sido así. Había aceptado que las cosas ocurrían por algo y no las forzaba. Se dejaba llevar por el río de la vida. Se equivocaba, por supuesto, pero a veces su camino era perfecto y las cosas le salían bien.
No era su intención forzar las situaciones hasta esa mañana de octubre.
Ella entró en la cafetería. No era habitual, un rostro nuevo en un lugar completamente conocido. Tendría 30 años, como él, pero no iba acompañada por nadie. Entró sola y se sentó en la barra como si su propia individualidad fuera todo lo que necesitaba. No tenía nada extraordinario, no era particularmente bonita, pero tampoco fea. Era extraordinariamente normal. No tenía la nariz perfecta, su pelo estaba deorganizado y apenas llevaba maquillaje. Lo único que llamaba la atención en su atuendo eran las botas, de tacón oscuro y camperas. No iba vestida a la moda y tampoco prestaba atención a su aspecto. Era tan anodidna que parecía la típica vecina de la puerta de al lado. Habló con Ricardo, gastó bromas, rió y fumó un cigarrillo en el exterior mientras su café se enfriaba en la barra. Cuando terminó de desayunar se marchó dejando a Héctor con la sensación de que había estado esperando toda su vida por esa mujer. Tan común, tan alejada de su tipo ideal y, al mismo tiempo, tan extraña.
Toda esa semana ella continuó yendo al bar, pronto se convirtió en habitutal y encajó en el retal de personalidades del bar. Bromeaba con todos, reía divertida los chistes de Andrés y lo saludaba educadamente todas las mañanas. 
A la segunda semana Héctor dejó de pensar que las cosas ocurrían por algo y decidió dar, por una vez en su vida, un paso.
Ese día se sentó al lado de ella, Silvia, y le pidió una cita.
Ella se sorprendió, pero accedió y quedaron para cenar al día siguiente y conocerse. 
Encajaron a la perfección.
Su relación se convirtió en amigable, y, por fin, de pareja seis emses después.
A los dos años, sentado en una silla de un hospital, mientras Silvia daba a luz a su pimer hijo, Héctor recordó el pasado y sonrió.
Las cosas generalmente ocurrían por algo, pero en ocasiones, era necesario coger el toro por los cuernos, dar un paso adelante y luchar por lo que se quería.
FIN

Y esto es todo por hoy, hasta el próximo Tejedora e Hilandera de sueños. ;) 

martes, 4 de abril de 2017

La Santa Compaña

He escrito varias historias pequeñas de terror en este blog y con esa intención escribo hoy. Hoy el protagonista de mi breve relato es el lugar dónde nacen todas las películas de terror y todas las historias de fantasmas que conocemos, el Cementerio.

    LA SANTA COMPAÑA
  La oscuridad se cercía alrededor de las personas que visitaban el Camposanto. Ya era tarde y en pleno mes de diciembre las seis de la tarde eran tan oscuras como las once de la noche. La última persona abandonó el lugar y cerró la puerta, se oyó un golpe seco cuando se cerró del todo y el ruido desapareció en el mismo instante que la puerta se cerró.
  La luz de la luna se dedicó a iluminar la estancia, su resplandor plateado se filtraba formando sombras siniestras que bailaban en la oscuridad.
 La primera de las Sombras se despegó de la pared y caminó hacia el exterior. La luz e la luna la iluminó y, por un instante, se vio un rostro adusto, oscuro, formado por más hueso que carne, cuencas vacías y dientes estropeados. Era el más independiente de los que caminaban entre los dos mundos.
 La segunda sombra apenas se separó del lugar dónde se reflejaba. Se detuvo frente a a tumba y observó el resplandor plateado iluminando el lugar. Había un par de nombres impresos en la tumba, reminiscencias de dos vidas que ya no habitaban más el mundo de los vivos. Un par de jarrones ajados delante de ellos. Las hierbas que algún día habían sido verdes tenían un oscuro color gris, lo esqueletos de las flores estaban modificados. Alguna vez habían sido lirios de diferentes colores puestos ahí por una mano amiga, una mano querida. Pero esa mano también había partido al último viaje y ya nadie recordaba a los dueños de la tumba que yacían tras el cristal. La sombra tocó uno de los nombres con ternura, la luna iluminó sus manos, sólo hueso quedaba, y una pequeña alianza en la mano. La otra mano huesuda se unió a la primera, dando la sensación de dos manos rezando. El silencio ganó intensidad, no se oía ni siquiera el sonido de los grillos, ellos habían abandonado el lugar, temerosos de las sombras que caminaban en la noche.
Sombras del Pasado.
La sombra de las manos penitentes se quedó en el mismo sitio, no se movió. De ellas era la más apegada a lo que había sido, a lo que había amado.
 La siguiente sombra era más pequeña, sus manos eran diminutas, su calavera de menor tamaño también. La sombra caminó rápido hacia el árbol solitario que había en el Camposanto, no, la palabra no era caminar, corrió hacia él. Al llegar empezó a subir las ramas con la habilidad de quein lo había hecho durante muchos años. Había soltura en sus movimientos, gracia incluso.
 La siguiente sombra fue hacia el lado contrario, caminaba a pequeños pasos, casi como si bailara. Si te fijabas lo suficiente también esa sombra era pequeña, más pequeña incluso que la que jugaba en las ramas del árbol.
 La luna continuó creando formas. Una última sombra se separó poco a poco de lugar. Fue hacia una tumba que había en el Cementerio. Una tumba que siempre tenía flores, rosas rojas, rosas amarillas, rosas blancas... Todas depositadas por admiradores del dueño de ella. Un único nombre estaba escrito en la lápida "Lorenzo". No llevaba apellido, no lo necesitaba. Ese lugar había sido construido para él por las manos amorosas de alguien que había quedado atrás, una hermana, Felicia, cuya tumba estaba ubicada en otra parcela del Camposanto.
 Lorenzo había sido un poeta, uno de los mejores que había habido. Sus seguidores iban cada año a darle un merecido homenaje el día de su muerte y el resto del año flores eran depositadas a diario. Todas colocadas por personas a las que había alcanzado el alma de Lorenzo a través de su poesía.
Había una hermosa leyenda sobre Lorenzo, todos decían que había muerto de amor.
La Sombra conocía bien esa historia y sabía, a ciencia cierta, que efectivamente él había muerto por amor. Recordaba su historia cada día porque antes de haberse convertido en una Sombra su nombre había sido Mariela y había amado a Lorenzo, todavía lo hacía, incluso aunque su nombre actual fuera Ira. El último de los Caminantes de la Santa Compaña.
La luz de la luna la iluminó, sus huesos se transformaron en carne, tenía el pelo oscuro, los ojos de color de la hierba y era hermosa, siempre lo había sido, pero nunca fue suficiente para él.
La sombra del árbol bajó de su lugar, sus huesos se transformaron en carne. Era pelirrojo, trece o catorce años, y dos largas cicatrices cubrían su hermoso rostro. Fue hacia ella y le tendió la mano.
-También lo extraño. -Afirmó y se colocó frente a la tumba.
La Sombra más pequeña fue bailando hacia ellos, sus huesos se convirtieron en carne. Siete u ocho años, rubia. Demasiado pequeña parecería  a quien la veía, pero era anciana, con más de quinientos años sobre sus espaldas.
-Él estará bien y algún día volveremos a verlo.-Aseguró y como los demás se quedó frente a la tumba.
La tercera sombra liberó sus manos de la oración y fue hacia las demás. Sus huesos se convirtieron en carne, una mujer adulta, alrededor de cuarenta años y con el porte de una reina. Se unió a los otros tres, besó sus dedos y después depositó un beso sobre el nombre de Lorenzo.
La última sombra llegó desde el otro lado de la puerta del cementerio. Era un hombre joven, de rostro duro y ojos del color del mar, hermosos, aunque su rostro hablaba de una profunda tristeza.
-Hora de partir, tenemos que ayudar a otra alma a cruzar hacia el otro lado.-Afirmó la mujer más mayor. 
De la nada aparecieron capas y bastones, una capa y un bastón que sobraba.
La mujer joven cogió el bastón y la niña la capa.
Caminaron en silencio mientras la luz de la luna desaparecía del horizonte. La luz del amanecer los atravesaba, dibujando extrañas sombras a su alrededor.
Cinco Sombras del Pasado.
Cinco Caminantes de la Santa Compaña.
Nada, la primera, la más anciana.
Ausencia, la segunda, la más joven.
Vacío, el tercero, el más travieso.
Nadie, el cuarto, el más independiente.
Ira, la quinta, la más rota.

FIN
Y no sé cómo, pero aquí están los protagonistas de mi largo, siguiendo su vida después de lo que pasa en él. No era mi intención escribir sobre ellos, pero de alguna manera ellos volvieron a mí.
Siempre lo hacen.
Y algún día serán actores y actrices de carne y hueso quienes les darán vida.
Hasta el próximo Tejedora e Hilandera de Sueños y si os gusta este minirrelato os pido que lo compartáis en vuestras redes sociales por si algún productor viera a mi Santa Compaña y tuviera interés en conocer el largo del que surgieron.
Hasta la próxima! :)

miércoles, 22 de marzo de 2017

Un relato breve

Hoy en Tejedora voy a escribir un minirrelato, quería hablar de la mafia y aquí dejo el resultado.

La noche ocultaba sus cuerpos. La luna no estaba sobre el cielo y, portanto, no había más luz a su alrededor que la de las linternas que llevaban con ellos. Por una vez se sentían libres, aliviados. Durante años ese lugar había sido una cárcel para los tres. Los habían usado de diferentes formas y con distintos fines. Como asesinos, como señoritas y caballero de compañía, como pago a los proveedores...
Debían actuar como se les pedía, obedecían órdenes y con ello recibían una buena cantidad de dinero. Diez años habían obedecido y cumplido el papel que les habían asignado, hasta el día que las dos hermanas decidieron retirarse.
Sabían que la salida del negocio iba a ser dura, sospechaban que intentarían traicionarlas, así que preparaon un plan de escape. Janice, la maor, anunció su intención de retirarse y su jefe había aceptado la renuncia aparentemente de forma cordial y sin presentar ningún problema.
Janice se marchó a la habitación de hotel en la que vivía, no llevaba armas por lo que no suponía ninguna amenaza. Al entrar en el dormitorio un tipo trató de asesinarla, pero ella llevaba en el juego muchos años y logró derrotarlo sin problema. Le clavó el afilado puñal con forma de recogedor de pelo en la mano izquierda, con la derecha le robó el arma que llevaba y le apuntó con ella. No tenía nada contra él, de alguna forma había que ganarse la vida, así que terminaron la pelea amistosamente y entró a formar parte de su plan de huída de la familia. Prometió hacerle llegar al jefe la noticia de que había sido eliminada y quedaron de llamarse para terminar de culminar el plan que los sacaría de esa vida.
La hermana pequeña, Rachel, anunció con lágrimas el fallecimiento de su hermana en el trabajo y el jefe le ofreció una buena cantidad de dinero para hacerse cargo del entierro, dinero que ella usó con otros fines, por supuesto.
Durante tres años siguió en la familia, hasta que decidió retirarse para siempre del negocio, pero al contrario que Janice no lo anunció al jefe. Su objetivo era más ambicioso y por eso se había preparado esos tres años con la ayuda de su hermana y de Eric, el asesino en serie que había tratado de asesinarla. 
Los tres se unieron en una ubicación secreta.
Eric llevaba sólo ocho años en el negocio, pero tenía dinero, una coartada poderosa porque se había hecho un nombre como estrella de Hollywood y la intención de tener su primera cita con Janice sin tener que preocuparse por si alguno de los dos tuviera un accidente.
Tras tener todo listo Rachel y Eric se ocuparon de hacer caer al jefe de la familia y extendieron el rumor de que el mayor de los hijos tenía intención de robar a su hermano la mitad de lo que le tocaba. 
La noticia se extendió como pólvora y empezó la lucha por la supervivencia de los dos hermanos que acabó con todos los miembros de la familia muertos ante la sorpresa de los medios de comunicación. Los cuales durante dos años no lograron encontrar una explicación al hecho de que toda la familia hubiera caído y no quedara nadie para conservar el legado.
Así, tras cinco años Janice, quien en realidad se llamaba María, y Eric McCohen se vieron a la luz de la luna en la mansión que había pertenecido a la familia durante veinte años. A la luz de las linternas desenterraron a la primera víctima de la vendetta de la familia y se la llevaron a un lago donde se ocuparon de ponerle unos zapatos de cemento.
Tras hacer ese trabajo sucio se comparon un billete para recorrer la vuelta al mundo mientras Margarita, verdadero nombre de Rachel, se hizo cargo de todos los negocios de la familia que habían quedado desatendidos.
Orgullosa de su nuevo papel ya no cometía asesinatos para eso tenía un equipo completo de asesinos además de cientos de políticos corruptos comprados con el dinero del saludable negocio de la familia.
FIN
Hasta el próximo Tejedora e Hilandera de sueños ;)